«Nací católico por obligación y moriré laico por convicción»

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José Garrigós, President de Cullera Laica

Conversa amb José Garrigós, President de Cullera Laica, per al reportatge «Sin noticias del más allá», amb una atea, un lliurepensador i un laïcista, de lamarea (núm. 45, gener 2017), per Sergi Tarín. Extracte.

José Garrigós: «Nací católico por obligación y moriré laico por convicción»

La frase suena solemne en el viejo casino republicano de Cullera, local de la banda de música Santa Cecilia. Son palabras pronunciadas con intención, muy bien entonadas. Una voz cavernosa de garganta esculpida por el tabaco. Y un rostro de árbol, las arrugas limpias y una mirada sin más fe que en el ser humano. Ese es el verdadero oficio de José Garrigós: ser humano. A él se dedicó desde que, con seis años, quedó huérfano de padre y abandonó la escuela para repartir levadura y confitura de calabaza y membrillo. Después fue distribuidor en carro de sifones, limonadas y barras de hielo, albañil, operario en un almacén de naranja, fotógrafo, carpintero nueve años en París y mago.En el bolsillo de la chaqueta lleva una baraja española y la chiquillería del pueblo le sigue pidiéndole trucos. Un mago que trabaja para magos. “Cosas para que ellos aparenten que hacen sin hacer”. Como esas cajas que parten en dos los cuerpos sin que sea así. Una fantasía. “Como Dios y la creación ¿Quién se puede creer que el mundo se hiciera en seis días?”. De hecho, a Garrigós, los curas le parecen, y no es despectivo, meros prestidigitadores. Como él los domingos, cuando a la paella le sigue la cazalla y los amigos le piden que convierta en real lo que no existe. Pura misa fraterna.¿Y cómo hacer desaparecer lo que sí existió? A Garrigós los ojos le lloran y le ríen cuando recuerda a su madre, “socialista de una pieza”, con sus alpargatas rotas y su hambre de madrugada para que la poca comida de casa llegara a la boca de su hijo Pepe.

Y si la vida fuera magia, a Garrigós le resbalarían por la manga, por el camal del pantalón, como una deyección de vida turbia, aquellas bocinas en los campanarios llamando al templo, las beatas tocando a las puertas y la Guardia Civil apostada en los puentes de madera y de hierro que cubren el Xúquer. “¡Levantaros cullerenses, eso que llueve no es nada, sino las lágrimas de la Virgen porque no venías a verla!”, recita el recuerdo de los altavoces durante la posguerra. “Cullera era muy anarquista y aquí se aplicaron a evangelizarnos”, explica Garrigós.

Y es por eso que no soporta que la procesión del santo siga pasando por su puerta en Semana Santa ni que en verano, en la parroquia de San Antonio, otros altavoces reproduzcan las misa en la calle para que los turistas la oigan mientras suben al castillo. “No soy anticlerical ni voy en contra de ningún pensamiento. Que vayan a misa, pero sin imponerla”, protesta Garrigós, uno de los fundadores de Cullera Laica, con 20 años de historia, una treintena de activistas y una pródiga biografía de acciones hasta convertirse en una especie de conciencia racional de la localidad. “Aquí no hay símbolos franquistas, tenemos una escuela laica y ahora nos han aprobado una sala en el tanatorio sin símbolos religiosos”, expone Garrigós. “Son cosas que han ido viniendo poco a poco”, insiste sobre el trabajo asociativo, pero también sobre su evolución personal. 76 años de tránsito entre la imposición y la libertad. “Moriré laico. Y ateo”. Palabra de viejo mago.

Sergi Tarín

Enllaç al reportatge complet: font original / font secundària

 

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